Parto vaginal despúes de cesárea

Esta preciosa historia es la de una familia, que a pesar de los comentarios en contra consiguieron lo que deseaban, despues de una cesárea pudieron traer al mundo a su sengundo hijo de manera natural, mediante un parto vaginal que tuvo lugar en su casa…. es una preciosa historia………FELICIDADES FAMILIA y gracias por compartirla con todos nosotros 😉

Para contar esta historia hay que remontar mas de cinco años atrás, pero lo haré brevemente. o lo intentaré al menos. La expresión escrita no es lo mío, bueno, mas bien la expresión en general, pero intentaré también que se me entienda y transmitir mis sentimientos y sensaciones.

Andres, mi primer hijo, nació por cesárea. Esta cesárea fue innecesaria, o al menos se tendrían que haber agotado antes el resto de posibilidades. Fue una cesárea programada con lo que nunca me puse de parto.

Ahora sé que Andres sacrificó su nacimiento por mí, para que fuera mejor madre. La inquietud por mi cesárea, por sentir que “todo no fue bien”, hizo que me preocupara mas por otros aspectos que influían a Andres, como la lactancia materna y el colecho, que seguimos practicando a día de hoy. Creo firmemente que si con Andres hubiese tenido un parto “convencional”, el típico kit de epidural, oxitocina, episiotomía y fórceps o ventosa, no se hubiesen despertado en mí esos instintos que me llevaron a lo que soy hoy.

Durante los años que pasaron desde que nació Andres hasta que me quedé embarazada de Julio devoré muchísima información sobre partos. Sabía lo que quería, lo que era lo mejor para mi bebé y para mí, el problema sería si me dejarían intentarlo.

Casi desde que el test dio positivo, Raúl (mi marido) y yo hablábamos sobre las posibilidades que teníamos para conseguir mi parto vaginal después de una cesárea (a partir de ahora PVDC). Era un cóctel de sentimientos por un lado ilusión, felicidad, nervios… pero por otro el miedo. Es palabra tan grande que me ha acompañado durante toda mi vida. Al principio el parto en casa estaba descartado, Raúl le tenía mucho mucho miedo. Pensamos en ir a un hospital especializado en partos naturales. Estaba muy lejos (en otra comunidad autonoma) pero nos lo cubría el seguro médico y solo tendríamos que pagar la estancia. Lo malo sería calcular cuando ir, nunca me había puesto de parto con lo que no sabíamos si se me podía adelantar o retrasar.

Mas tarde, creo que en una reunión del grupo de apoyo al que asistia, me comentaron que en un pueblo cercano a donde vivo había una clínica en la que estaban preparando las instalaciones para hacer partos naturales. Estaban poniendo bañeras, y tendrían pelotas de dilatación por ejemplo.

Pero como “el hábito no hace al monje” el tener este tipo de instalaciones no querría decir que todo el personal fuese pro-parto natural, pero eso lo sabría mas tarde.

Pensé: “Bien, podré tener el parto que quiero y a sólo media hora de casa”. Fui a la primera consulta con ellos y me dieron muy buena sensación.

Me atendió el jefe de ginecología, que a partir de ahora sería el que me llevaría el embarazo y me contó cómo hacían los partos. Le conté mis antecedentes y me dijo que no habría ningún problema, que una cesárea anterior no prescribía otra y que si quería podía. Salí de allí con un subidón…

Mientras, el embarazo transcurría de maravilla. Con todos los vómitos y nauseas que no tuve en el embarazo de Andres, pero bien. De vez en cuando me tomaba la tensión, mi mayor enemiga durante el embarazo de Andres, aunque en realidad lo fuese un ginecólogo sin escrúpulos.

Un fin de semana la tenía rara, a veces alta, otras baja, ahora sé que me estaba autosugestionando. Cuando llegué el lunes al trabajo se lo comenté a mi jefe y me dijo que me acercara a la enfermera, tenemos varias en el trabajo, a que me tomara la tensión, que lo mismo mi tensiómetro estaba estropeado o tenía las pilas mal.

No quería ir, algo me decía que entraría de nuevo en la espiral que entré en el embarazo de Andres. Al final accedí y fui. Como era de esperar la tenía alta, vino el médico (que también tenemos en el trabajo) y me dijo que me fuese a urgencias. Aguanté el tipo y me fui a mi taller a decirle a mi jefe que me iba, no estaba, me senté y le dí un toque a mi marido.

Trabajamos en la misma empresa pero en lugares diferentes y eso significa un “ven”. Me senté en una silla y empecé a llorar. Me sentía desesperada, asustada, desamparada… eso significaba, a parte de que a mi bebé podría pasarle algo, que obviamente era lo mas importante, que todas mis ilusiones en conseguir mi PVDC se desvanecían por momentos.

Aun recuerdo esa angustia y se me hace un nudo en el pecho. En ese momento entró por la puerta nuestro señor de mantenimiento. Es una de esas personas que te alegras de conocer, que trasmiten paz y derrochan ternura con todo el mundo. Me preguntó que me pasaba pero no acertaba a decirle nada, sólo palabras sueltas que imagino que en su cabeza no tendrían conexión. Me abrazó y me dijo que no me preocupara, que todo saldría bien. Ya me voy a emocionar, ay… En ese momento llegó mi marido y por fin pude explicarle a ambos. El señor de mantenimiento fue a buscar a mi jefe y mientras Raúl intentaba tranquilizarme.

Pensaréis que para que esperaba a mi jefe, que debería de haberme ido y punto. No tengo respuesta… no debería haberlo hecho, pero lo hice. Nos llevamos muy bien, y supongo que en mi inconsciente necesitaría que me diera ánimos también. Llegó, lo hizo y nos fuimos.

Durante el camino empecé a encontrarme mejor, estaba mucho mas tranquila y decidimos ir primero a casa a cambiarnos de ropa y tomarme la tensión con mi tensiómetro.

Llegamos y la tenía bien. Bueno… ha sido sólo un susto, es realidad en el trabajo tampoco la tenía tan alta pero el hecho de tenerla un poco alta significaba tanto para mi… De todos modos fuimos a urgencias para saber si todo estaba bien. Todo perfecto, para casa pero de baja, por si acaso y que me tomara la tensión una vez a la semana, que no me obsesionara que eso hacía que me subiese. En la siguiente “revisión” del embarazo mi ginecólogo me dijo que me la tomara todos los días, cosa que no hice, no quería obsesionarme y menos esa vez siempre la tenía bien.

Transcurría el tiempo y aunque tenía la posibilidad de parir en la clínica privada que habia visitado, pagando eso sí, se me movía en gusanito del parto en casa.

A Raúl seguía dándole miedo, pero yo insistente y cabezota, como dice él, conseguí convencerle de entrevistarnos con una comadrona que asistiese partos en casa. Y ahí empezó mi búsqueda de la comadrona perfecta.

Miré la web de nacer en casa. Llamé a varias y dí con unas que trabajaban en una zona relativamente cercana. Tendría que pagarles los desplazamientos, ¿pero que es ese dinero comparado con cumplir un sueño?.

La que me cogió el teléfono (a partir de ahora A.) no me dio muy buen feeling, me pareció muy cortante y fría. ¿Tendría que seguir buscando?.

Recordé entonces que una amiga había parido en casa no hace mucho y le pedí referencias. Casualmente lo hizo con estas dos comadronas y las recomendaba mucho, me dijo que eran dos personas encantadoras y si que lo eran, pero eso también lo supe mas adelante. Así que le hice caso y concerté una entrevista con ellas. (Isabel nunca me cansaré de agradecértelo, gracias, gracias ,gracias, si no hubiese llamado no lo habría conseguido).

Por fin llegó el día y fuimos a conocerlas.

Estuvimos allí como una hora, en la que lloré como una Magdalena. Supongo que aunque pensaba que mi herida emocional por mi cesárea estaba cerrada, estaba en carne viva. La otra comadrona (a partir de ahora E.) me explicó como trabajaban, tarifas y demás pero también escuchó mis miedos, me resolvió las dudas que tenía con respecto a nacimiento de Andres y me animó a que confiara en mi misma, en mi cuerpo.

Raúl salió de allí mucho mas tranquilo y en el camino de vuelta me dijo que le dejara reflexionarlo. Yo salí de allí deseando que él cambiara de opinión y pudiera parir en casa.

Casualmente, al día siguiente de la entrevista con E., tenía visita con mi ginecólogo. Todo bien, eco-todo bien, ya sabéis como son éstas visitas. Y al final, casi cuando ya nos íbamos me dijo: “bueno, a la siguiente visita ya vamos preparando tu cesárea”. ¿Sabéis esta imagen de las películas donde sale la cara de la persona sorprendida y en la imagen hacen un picado? Pues creo que eso pasó en ese momento.

Le dije que cómo que cesárea y me dijo que con mis antecedentes había que pensarlo, que tenía una cesárea anterior, una obesidad importante (engordé 4,5 kilos en todo el embarazo) y que había tenido una operación hacía poco.

Esa operación consistió en quitar un tabique vaginal. Para que os hagáis una idea de esta operación os diré que me dieron dos puntos. Además precisamente me operé para que el parto fuese lo mas natural posible. Podrían haberlo quitado en el mismo momento del parto pero eso implicaba que el parto ya fuese medicalizado. Y para que el bebé saliese había que quitarlo.

Sólo me salió decir que eso era ridículo, que me dieron dos puntos y en ese momento me cortó diciendo. “bueno, pensaba dejarte intentar tener un parto natural de todos modos”. ahí terminé de “quedarme muerta” ¿cómo que pensaba dejarme? Soy una mujer adulta, capaz de tomar sus propias decisiones. En el caso de tener que hacer una cesárea eso lo decidiría yo, su deber es informarme, no tomar decisiones por mí.

– Ocultar texto citado –

Salimos de allí muy muy decepcionados. Todos los motivos que dio para la cesárea ya existían cuando en la primera visita me animó a intentar mi PVDC.

De vuelta a casa hablamos y decidimos que pariría en casa. Creo que en realidad esa decisión estaba tomada y que solo nos faltaba el “empujoncito”. Llamé a E. y se lo dije. Estaba tan nerviosa que no me salían las palabras, sólo podía reír. Era el 19 de octubre.

En noviembre empezó el cursillo preparatorio. He conocido a gente extraordinaria y he aprendido mucho. Decir mas ya entraría en su privacidad.

Me llevé la última etapa de embarazo con muchas molestias, incluso llegué a decir durante las navidades que no llegaría a enero, mi FPP era el 10 de febrero. En la semana 34 empecé a tener muchas contracciones pero se pararon gracias a la infusión de mejorana, azahar y melisa que me recomendó E.

Las visitas de las comadronas no eran como las demás. Estábamos allí una hora y durante esas visitas salieron muchos fantasmas con los que tuve que lidiar. Mientras me hice con un arsenal de libros de partos naturales sumados a lo que ya tenía.

Este invierno fue muy duro, con muchas inundaciones. Mi pueblo salió varias veces en los medios por ese motivo. Debo de reconocer que eso me preocupaba. Tuvimos que ir a ver a las comadronas varias veces lloviendo y cuando E. vino a conocer nuestra casa estaban cortadas dos de tres salidas que tiene el pueblo.

En la última visita con E. me hizo un tacto. Estaba de 1ctm. Y tenía el cuello blando. Parecía que iba en marcha y me dijo que no pensaba que llegaría al lunes siguiente con la barriga. Yo le dije que no pensaba ni llegar al fin de semana.

En la vuelta a casa, estuve con muchas contracciones. Pasé fatal el camino, me retorcía de dolor amarrada con el cinturón. En ese momento supe en mis carnes lo mal que se pasan las contracciones cuando te tienen inmovilizada. No quiero ni pensar lo mal que se tiene que pasar si encima esas contracciones son de parto y estás en un ambiente hostil. Curiosamente, cuando llegamos al pueblo donde vive mi hermano para recoger a Andres, las contracciones cesaron automáticamente. No era el momento.

Decidimos que nuestra amiga de toda la vida nos acompañara en el parto. Raúl debía estar por y para mi y ella se encargaría de Andres y de la logística (gracias Lucía, sin ti esto tampoco hubiera sido posible, te quiero).

El día 16 de febrero estaba inquieta, quería hacerme el molde de escayola de mi barriga ya.

Mandé a Raúl a comprar las vendas y entre que no las encontraba, unas cosas y otras se hicieron las 8 de la tarde. Me dijo que era tarde y que si lo dejábamos para mañana. Le dije que no como una niña caprichosa, tenía que ser ahora, que a lo mejor mañana ya era tarde. Ahora me da risa… nuestras sensaciones también nos dicen cosas, no sólo nuestros cuerpos. Nos pusimos a ello, pero me mareé y vomité dos veces, así que no pudimos hacer fotos y me lo quité fresco con lo que no quedó muy bien.

El 17 me levanté de la cama fatal, estaba molesta y agobiada. Mi suegra me llamó cuatro veces durante la mañana y ya no podía mas. Recién llegado Raúl del trabajo le eché una tremenda bronca, pobrecillo que tuvo que aguantar mis hormonas súper-revolucionadas.

Me dijo que tenía razón y hablaría con ella. Y menos mal si no me lo hubiese comido jajaja. Comimos y Andres se quedó dormido así que me fui a la cama a descansar, no tenía contracciones pero no me encontraba bien. Raúl vino a hacerme compañía y al final acabamos “como acabamos”. Me dormí y descansé un rato.

Sobre las 17:30 me despertó una contracción y me levanté a hacer pipí. Cuando me limpié y ví que me había manchado de sangre. ¡El parto había empezado! No me lo podía creer, acabara como acabara aquello, mi hijo había decidido que día nacer y eso ya era un triunfo.

Aunque era totalmente consciente de que no todo estaba en mis manos y de que algo podía ir mal y tener que ir al hospital fue la última vez que pensé en ello. Aun sin levantarme llamé a Raúl y vino corriendo. Nos miramos y no hizo falta decir nada. Nuestro sueño empezaba. Nos abrazamos y lloramos de alegría.

Raúl me preparó la habitación mientras las contracciones se hacían mas fuertes. Según él cada 4 minutos. Como colechamos en una cama de 1,35 y otra de 90, queda poco espacio, así que sacó la de 90, me puso mantitas en la cama, me encendió la estufa, me puso la pelota… estaba todo perfecto. Entré allí y ya cuando saliera lo haría con Julio en brazos.

Las contracciones eran fuertes y seguidas con lo que Raúl avisó a las comadronas de que ya había empezado el parto, pero que no hacía falta que viniesen aun. Tenían hora y media de camino así que tampoco podían tardar mucho en decidirse, yo no estaba para tomar decisiones.

Muy pronto empecé a “colocarme” y no tengo noción del tiempo que pasó entre una cosa y otra, así que si digo alguna hora o algo muy concreto son recuerdos de Raúl.

A los 15 minutos de llamar a E. empecé con contracciones cada dos minutos y duraban uno y medio. Raúl volvió a llamar y le dijo que viniera. E. le dijo que me pusiera al teléfono. Yo no quería y Raúl que me pusiera… que “discusión” mas tonta.

Le dije “hola” me preguntó que como estaba y le contesté que regular, que tenía contracciones y le dí el teléfono a Raúl porque ya venía otra. Le dijo que ya venían.

Pasé la tarde cómo pude. Me sentaba en la pelota, me ponía a cuatro patas en la cama, me ponía de pié y me apoyaba donde fuera… Después empecé a desesperarme porque no llegaba nadie y necesitaba que estuviesen todos preparados para mi.

Raúl intentó hacerme un masaje pero sentía como si me clavaran cuchillos, lo dejó al instante.

Sobre las 11 de la noche, mas o menos, llegaron Lucía y las comadronas. E. me hizo un tacto y estaba de 1 ctm. y el cuello borrado. Me entristecí un poco, en todo lo que llevaba no había avanzado apenas nada. A. me dijo que tenía dos opciones, o salía de la habitación y me aireaba o me acostaba e intentaba descansar.

Estaba cansada así que decidí descansar, tenia que estar descansada para el parto. Lucía se fue a su casa, quedaron en llamarla cuando se animara la cosa. Me dijeron que parecía un parto largo pero que no me preocupara que yo podía. Como venían de tan lejos, ellas decidieron esperar en casa. Como vivimos en un unifamiliar, nosotros estábamos arriba y ellas abajo descansando en los sofás. Andres se quedó dormido.

Me relajé, ya estaba todo listo, y se me hicieron las contracciones mucho mas llevaderas. Me tumbé de lado en la cama y entre contracciones dormía. Raúl estaba sentado a los pies de la cama, esperando, sin hacer nada pero a la vez todo lo que necesitaba en ese momento. Yo pensaba en que tenía que abrirme, que en cada contracción abría un poco mas. Pensaba el flores abriéndose, preciosas, una y otra vez.

Sobre las tres de la mañana, y durante una contracción, me noté como si se me fuese a salir algo, sonó ¡plof! y noté cómo salía líquido. Había roto aguas. Que sensación tan maravillosa. Eran claras, todo bien. Debo reconocer que ni las miré en ese momento.

Subieron E. y A.. Me miraron, creo que fue A., estaba de 5 ctms. Al final parecía que no iba a ser lento. Me senté en la silla de partos, ahí es donde estaba mas cómoda y ya no me levanté mas. Raúl se puso detrás de mí y pasó el resto de tiempo de rodillas o en cuclillas y cada vez que se movía yo le gruñía, pobre… A todo esto, de vez en cuando, oíamos los latidos de Julio. Todo bien.

Llamaron a Lucía y llegó enseguida, sin hacer ruido…

Estaba totalmente colocada, no sé cómo describir esta etapa. Pegaba los pies al suelo, sentir la tierra… Llevaba desde que empecé el parto expulsando tapón mucoso.

Las comadronas estaban sorprendidas de lo grande que era. Tenía mucho frío y me tapaba, me destapaba, me volví a tapar… Tenía ganas de empujar pero estaba sólo de 5, así que me dijeron que aguantara o haría un reborde.

Siempre tenían palabras cariñosas y de ánimo para mi. Pasó el tiempo. Empezó a entrarme mucho calor, me quité lo que llevaba. A. dijo muy sonriente “eso es buena señal”. Otro tacto, 8, ya puedes empujar cuando quieras. ¡Uff que alivio! En un momento, A. se levantó, dijo que había demasiada luz para el niño y empezó a apagar luces.

Tampoco había mucho que apagar… la mesita de noche, le dio la vuelta a la estufa y creo que nada mas. Sólo nos alumbraba la luz del pasillo y la linternita pequeña que encendían de vez en cuando. Pensé “como que mucha luz para el niño, ¿ya sale? ¿tan pronto?” pero no estaba para decir nada… E. me dijo “ya se le ve el pelito, que de pelo tiene, tócalo” yo no quería. Raúl se vino para mi lado, aun estaba sosteniéndome la espalda, y empezó a reírse y decir que lo veía.

Después de la siguiente le toqué la cabecita, que pelito tan suave. A la siguiente contracción, cuando ya se iba sentí que me quemaba y “aguanté“, no tenía fuerzas en esa contracción para terminar de pujar.

Decía que no podía y todos me animaban, A. me dijo “todas decís que no podéis y al final podéis, venga que tu puedes”. Subidón, subidón, yo puedo. En la siguiente salió la cabecita, sentí el famoso aro de fuego pero fue menos de lo que esperaba.

Este momento fue un gustazo, ahora entiendo lo de los partos orgásmicos, no tuve uno pero la sensación fue maravillosa. El sentir esa “pelotita” presionando ahí, tan calentita… E. le miró a ver si traía vuelta de cordón y yo le grité que no me tocara.

Me sentí mal, le hablé muy mal, pero después viendo el vídeo parezco un gatito maullando. Como cambia la perspectiva… E. estaba agachada enfrente mía con las manos preparadas para recibir a Julio, A. inmortalizaba el momento con la cámara de vídeo y Raúl seguía a mi lado, mirando y sosteniéndome, imagino que emocionado ya.

A la siguiente contracción salió el resto del cuerpo, como he leído tantas veces, resbaló como un pececillo. E. lo cogió y me lo puso en mis brazos. No me lo podía creer, Julio ya estaba aquí, acababa de nacer mi bebé y lo había parido yo.

Solo me salía decir” mi bebé, mi bebé…” una y otra vez. Eran las 07:04h del 18 de febrero. . Empecé a sangrar mucho así que me dijeron que me tumbara, les dije que no quería y me dieron los motivos, como ya dije, siempre muy cariñosas.

Después me enteré por Lucía que cuando digo mucho es mucho, creo que no acabé en el hospital por los pelos. Me miraron y bien. Sólo tres puntitos. Expulsé la placenta. Todo bien.

Nos dejaron solos a Raúl, a Julio y a mi. Conociéndonos, mirándonos por primera vez las caras.

Fue un bebé grandote… mi bebe… le ofrecí el pecho pero no lo quiso.

Al rato entraron y me cosieron los puntos. Lo pasé fatal. Con diferencia, lo peor del parto. Raúl tenía a Julio en brazos y Lucía me sostenía la mano (gracias). Andres seguía durmiendo. Cuando acabaron recogieron todo y se despertó Andres ¿casualidad? Creo que no, nunca se despierta tan temprano y no se despertó en toda la noche.

Me hubiese gustado que viera el nacimiento de su hermano pero con su sueño dejó claro que era mejor que no.

Me prepararon un batido de placenta, con naranja y fresas. Me supo a gloria. Ahora la tengo guardada en el congelador esperando su momento.

Al día siguiente vino E. y lo pesó y midió. Pesó 3.500 grs. Y midió 51 cmts. Pero ya había expulsado meconio así que imagino que mi bebe pesó un poquito mas.

Desde ese día estamos a base de tetita mimitos y brazos. Julio es un bebe feliz. Se ríe mucho y está muy espabilado. No mas que su hermano pero ha tenido un buen nacimiento, digno. Y para mi fue mi parto soñado, por lo que tanto luché y lloré.

Si habéis llegado hasta aquí, gracias. Sé que es un relato muy largo. No he podido ser mas breve. Son tantas emociones…

Una vez se me ocurrió dedicar mis contracciones y ¿porque no? Así que lo haré con agradecimientos.

– A mi hijo Andres, por haberme señalado el camino. He aprendido tantas cosas de él… Me ha enseñado a ser madre y a crecer como persona. Te quiero tesoro mío.
– A mi marido, Raúlito, ¿Qué te digo? Gracias por acompañarme en este camino. Por entender mis inquietudes y ayudarme a calmarlas. Has sido un magnífico compañero de parto y de vida. No pude elegir mejor al padre de mis hijos. Te quiero.
– A Lucía, mi amiga-hermana-comadre. Gracias por estar siempre conmigo cuando te he necesitado. Espero algún día poder devolverte el favor. Ya sabes que eres la madrina de nacimiento de Julio.
– A mis comadronas, sé que todas no atienden PVDC en casa. Gracias por confiar en mi y ayudarme a hacerlo posible.
– A Isabel por insistirme en que contactara con ellas.
– A Miriam, por hacerme de sostén telefónico cuando me daba un bajón.
– A Mónica y Sonia que me acompañaron en el comienzo de mi camino en búsqueda de información para mi parto en casa.
– A todas las personas que me dijeron que estaba loca, gracias a ellas me reafirmé en mi decisión.
– A todas las madres que buscaron o buscan su PVDC.

PODEMOS, que no nos hagan creer que no.
– Y por supuesto a mi hijo Julio. Por darme la oportunidad de saber que si quiero, puedo. Te quiero bebe mío.

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